Es la primera pregunta de casi todas las llamadas y la que peor respuesta tiene, porque «una página web» no es un producto: es una categoría, como «un coche». Lo que sí se puede explicar es de qué depende el precio, para que cuando tengas dos presupuestos delante sepas si estás comparando lo mismo. Casi nunca lo estás.
De qué depende de verdad el precio
Del número de páginas distintas, no del número de páginas. Veinte páginas de servicio con la misma estructura y distinto texto cuestan poco más que una; cinco páginas que funcionan cada una de forma diferente cuestan mucho más que veinte iguales. Cuando pidas presupuesto, cuenta plantillas, no páginas.
De quién escribe los textos. Es el punto que más presupuestos infla al final y el que casi nunca aparece al principio. Si los textos los pones tú, la web es más barata y tarda lo que tardes en escribirlos. Si los escribimos nosotros, hay que entrevistar, redactar y revisar, y eso son horas reales. Una web parada tres meses esperando textos es la situación más habitual del sector.
De si hay que vender online. Un catálogo que enseña productos y un catálogo que los cobra son dos proyectos distintos: en el segundo entran pasarela de pago, gastos de envío, impuestos, stock, correos automáticos y devoluciones. Multiplica el trabajo y también el mantenimiento posterior.
De si hay algo a medida. Un configurador, una calculadora de presupuesto, una zona privada de cliente o una conexión con vuestro programa de gestión no son «una página más»: son software, con su análisis, sus pruebas y sus fallos. Es donde más se dispara la diferencia entre dos presupuestos que por fuera parecen iguales.
Y de las fotos. Una web con fotos propias se ve como esa empresa; una web con fotos de banco de imágenes se ve como cualquiera. Si no hay material, hay que producirlo, y eso es una partida aparte que conviene ver escrita antes de firmar.
Los tramos que existen en la práctica
Por debajo de unos pocos cientos de euros lo que se compra es una plantilla montada: se elige un diseño ya hecho, se cambian los textos y las fotos y se publica. Funciona para salir del paso, y hay negocios a los que les basta. Lo que no da es diferencia: tu web se parecerá a otras miles, y el margen para hacerla crecer después es estrecho.
En el tramo medio, que es donde nosotros arrancamos en 1.200 €, lo que se paga es una web pensada para tu negocio en concreto: qué páginas hacen falta, en qué orden se cuentan las cosas y por dónde tiene que salir el contacto. Diseño propio, no plantilla; estructura pensada para posicionar desde el principio; y panel para que puedas cambiar el contenido sin llamar a nadie.
A partir de ahí sube por lo que hemos dicho arriba: tienda online, funcionalidad a medida, muchos idiomas o producción de fotografía y vídeo. Un proyecto con dos o tres de esas piezas se va a varios miles de euros, y es dinero bien gastado o tirado según si esas piezas las va a usar alguien.
Lo que no suele estar en el precio y sí en la factura
- El dominio, que se paga cada año y es lo único que de verdad no puedes perder
- El alojamiento, mensual o anual, y que no todos los presupuestos incluyen
- El mantenimiento: actualizaciones, copias y soporte una vez publicada
- Las fotografías, si no las tienes o las que tienes no dan la talla
- Los textos, si no los escribes tú
- Las licencias de plantilla o de componentes, que suelen renovarse cada año
Ninguna de estas partidas es un truco: todas existen en cualquier web. La diferencia entre un presupuesto honesto y uno que sorprende después es simplemente si están escritas o no.
Las seis preguntas que hacen comparables dos presupuestos
- ¿El dominio y el alojamiento van a mi nombre o al vuestro?
- ¿Cuántas plantillas distintas de página incluye, no cuántas páginas?
- ¿Quién escribe los textos y quién hace las fotos?
- ¿Puedo modificar el contenido yo sin depender de vosotros?
- ¿Qué cuesta el mantenimiento a partir del segundo mes?
- ¿Qué me llevo si un día me voy: archivos, base de datos y accesos?
Esa última es la que más se afila con la experiencia. Nos han llegado empresas que no podían cambiar de proveedor porque el dominio estaba registrado a nombre de la agencia anterior. No era ilegal: era que nadie preguntó.
Una web barata que no trae clientes es cara
La comparación útil no es entre dos presupuestos, es entre lo que cuesta la web y lo que vale un cliente para ti. Si tu cliente medio deja mil euros al año, una web de dos mil que te trae tres al mes se ha pagado en semanas. Si tu cliente medio deja treinta euros, la cuenta es otra y hay que hacerla antes de encargar nada.
Por eso la primera reunión no la empezamos hablando de diseño, sino de eso: cuánto vale un cliente, cuántos hacen falta y por dónde llegan hoy. Con esos tres números encima de la mesa, el presupuesto se decide casi solo.