La web huérfana es el problema más común de la ciudad
En Mataró hay muchísimas webs de comercio y de servicios hechas hace años por un conocido, por un becario o por una agencia que cerró. Funcionan, traen algún cliente y nadie las toca. El día que dejan de funcionar aparece el problema real, que no es técnico: es que no hay nadie a quien llamar y tampoco están las claves.
El primer trabajo, siempre, es un inventario. Dónde está registrado el dominio y a nombre de quién, dónde está el alojamiento, dónde está el correo, con qué gestor está hecha la web y qué versión lleva. Suena aburrido y es lo que evita el susto: hemos visto dominios a nombre de un antiguo empleado y alojamientos pagados con una tarjeta que caducó hace dos años.
Ese documento se te entrega a ti aunque después no contrates nada. Es tuyo y es lo que te permite cambiar de proveedor cuando quieras.
Lo que de verdad tumba un negocio no es la web, es el correo
Una web caída un día es molesto. El correo caído un día es una empresa parada. Y en la mayoría de los casos que nos encontramos aquí, el correo vive en el mismo paquete de alojamiento que la web, contratado hace años en un plan que hoy nadie recuerda.
Por eso cuando movemos algo, el correo se trata primero y aparte. Se copian los buzones, se comprueba que reciben en el destino nuevo y solo entonces se toca el resto. Es el paso que más tiempo lleva de una migración y el que casi nadie explica en un presupuesto.
La otra pieza silenciosa es el dominio. Si se deja caducar, no se cae solo la web: se cae también el correo, y recuperarlo cuando alguien lo ha registrado de nuevo puede ser imposible. La renovación entra en el mantenimiento y se avisa con margen, no el día antes.
El aviso de «no es seguro» y otras averías que se ven desde fuera
El certificado caducado es la avería más visible de todas: el navegador pone un aviso en rojo delante de tu web y el visitante se va antes de leer nada. Se renueva solo cuando el alojamiento está bien montado, y cuando no lo está, aparece cada pocos meses.
Después está la lentitud de las horas punta. Un alojamiento compartido muy barato mete cientos de webs en la misma máquina, y la tuya va bien a las ocho de la mañana y arrastra a la hora de comer. Eso no se arregla optimizando imágenes: se arregla cambiando de sitio, y antes de proponerlo lo medimos para poder enseñarte por qué.
Y están las actualizaciones. Aplicarlas es obligatorio por seguridad y es exactamente lo que rompe las webs antiguas. Por eso se prueban primero en una copia: si algo se va a romper, que se rompa ahí y no delante de tus clientes.
Qué pasa si la web ya no da más de sí
A veces el inventario acaba diciendo que mantenerla es tirar dinero: gestor abandonado, plantilla comprada que ya no recibe soporte, o una estructura que impide añadir nada. En ese caso lo decimos con los motivos delante y tú decides.
Lo que no hacemos es usar el mantenimiento como puerta de entrada para vender un rediseño. Si la web aguanta, la mantenemos y ya está; es un servicio que se cobra por sí mismo y no necesita justificarse con otra venta.